Escribiendo esta bitácora, a veces me parece muy difícil pensar en películas tranquilas para discutir. La mayor parte de la lista de filmes que valen la pena ser vistos inevitablemente incluye muchos con violencia. Diría que la mayoría de las películas que me han impresionado – y que también han impresionado el público en general – son las que cuentan una historia trágica y con violencia gráfica. O centrados en una guerra. A ver, ¿cuáles serían algunas obras de cine que son alegres o por lo menos optimistas, preferiblemente recientes y a la vez brillantes?
Un título que sí entraría en esta lista es la película colombiana Los niños invisibles (Lisandro Duque Naranjo, 2001). Me encanta el eslogan: “Para verlo todo tenían que desaparecer…” Tres niños (especialmente Rafael de 7 años) de un pueblecito colombiano de los 40 están interesados en la joven vecina, Marta Cecilia, pero son demasiado tímidos como para acercarse a ella y deciden hacerse invisibles. ¡Qué más significativo para definir la niñez que esta metáfora para representar timidez o la imposibilidad de hacer valer su propia opinión!
Hay más. Hay magia negra, mezclada con creencias católicas, hay una fraternidad que surge entre los tres al hacer cosas prohibidas, hay inocencia y sensación de aventura. Hay el tentativo de hacer algo para cambiar el mundo a su manera y aunque los medios son inadecuados y los resultados decepcionantes, son también simbólicos de una realidad donde los niños no tienen poder. Los tres muchachos logran hacerse invisibles y se acercan a Marta, pero resultan invisibles para ella también. Ellos aprenden que tienen que salir de su mundo enclaustrado y encontrar otras maneras de influenciar los eventos de su vida. Y que al fin no es justo que el amor se pueda forzar con medios mágicos
. El amor es más grande que la mágia, como dice el trailer.